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Reportaje con motivo de la aparición de 30 Poemas de amor y una canción esperada» en la contraportada de La Tribuna de Cuenca. El cinco de diciembre de 2020.

Lo puedes leer en este enlace.

El texto completo:

Cuando era niño le gustaba redactar y «algún que otro concurso» ganó en el colegio por lo bien que lo hacía. En su juventud y a través de un blog se estrenó en la creación poética. De hecho, muchas de las piezas que ahora publica en 30 poemas de amor y una canción esperada son de esa etapa. «Era una poesía primitiva, sencilla, sin muchos artilugios ni pensamiento», comenta David, padre de la criatura. Pero precisamente por eso, añade, «son poemas mágicos porque tienen la suerte de estar inspirados en la inocencia que dan los primeros amores».

Carismático y con mucho sentido del humor –sinónimo de inteligencia–, se autopresenta como «una persona creativa, un arquitecto y urbanista frustrado, un escritor incipiente y un conquense que ha tenido que hacer las maletas con todo el peso del mundo». Como muchos otros compatriotas… Dice que escribe por «puro deleite creativo» y también, con una sonrisa, por ahorrarse el psicólogo. «Escribir es», remata, «un acto de exhibición aunque se trate de enmascararlo».

A la hora de publicar este poemario, David tuvo que hacer un viaje introspectivo. Abrió del baúl de los recuerdos y de él brotaron cicatrices en forma de versos. Vestigios de heridas o pequeños rasguños que, quiera o no, siempre estarán ahí para recordárselo. «No es que haya sido un casanova pero sí tuve una época con varios traspiés y lances con Cupido», apunta al tiempo que añade que la inspiración «surge antes en el desamor que en el amor». Con todo, su «mayor musa» fue su novia, que tristemente se marchó al otro mundo.

David siempre pensó que estos poemas «no eran dignos» de ser publicados, pero varios amigos le animaron a dar el paso y en menos de dos meses se convirtió en editor, maquetador, corrector e ilustrador, pues algunas de las rimas van acompañadas de dibujos. Aunque reconoce que es un proceso «arduo», plataformas como Amazon le han brindado la oportunidad de publicar a bajo coste.

Con la humildad por bandera, este escritor no ambiciona ser un best seller. Ese no es el objetivo matriz y más partiendo de que «la poesía hoy en día no está en el top de libros más vendidos y que soy un principiante». Con esta primera publicación, la idea fundamental era «aprender» y arrancar andadura en el mundo literario. En definitiva, «tener cultura» y, para explicarlo, cita a Tierno Galván cuando decía que «la cultura es todo aquello que nos ha de llegar para enriquecernos, no lo que tenemos aprendido».

Hasta ahora, querido lector, no se ha percatado de un pequeño detalle. Tranquilo, era imposible haberse dado cuenta de ello (es lo que tiene la prensa impresa…). David es tartamudo. Una circunstancia que ha marcado toda su existencia: «Saco pecho porque ya es como mi mascota, lleva conmigo toda la vida». Habla abiertamente y sin tapujos (¡faltaría más!) por reivindicar ese hecho diferencial y por «el respeto al que todos nos debemos sea cual sea nuestra condición». Ahora bien, no siempre fue así. Hubo unos annus horribilis, coincidiendo con la adolescencia, en los que lo pasó «realmente mal». «Poca gente te comprende y en vez de estar concentrado en lo que debes, solo quieres huir de esta sociedad en la que sin el habla no se va a ninguna parte», argumenta con pesar.

En torno a la tartamudez existe mucha desinformación. «Lo primero que te dicen es que te tranquilices, que no te pongas nervioso». Esa es la «falsa creencia», entiende David. La tartamudez no es un problema de nervios, sino biológico. «Nacemos con una anomalía en las conexiones de las neuronas asociadas al habla», comenta, y es que «no es un problema de querer sino de poder».

Saben bien que lo esencial es invisible a los ojos (en este caso a los oídos): «El mayor problema» de la tartamudez es «lo que está oculto». La angustia y la frustración que lleva consigo. «Es un iceberg del que solo se palpa una pequeñísima parte», dice David. Por eso es importante darla a conocer para que aquellos que la tienen «no se escondan». Este colectivo batalla contra la discriminación social y laboral: «Poco a poco la sociedad se va concienciando pero aún tengo que luchar a diario para que me dejen terminar de hablar o para que no me pongan caras raras». Ésta es palabra de una persona «más soñadora que realista». Y quizá por eso resuena con tanta fuerza. Porque la vida, sin sueños, «no es una vida plena».

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